16 septiembre 2012

Cleo++Potras///Hoy: SexShopeando II



Pasaba siempre de casualidad y apurada porque era un trayecto obligado camino a mi trabajo.  Pero nunca me olvidaba de revolear una miradita para ese lugar oscuro y de un cartel rojo palpitante que enunciaba, como si hiciera falta, “sex shop”.  Tampoco olvidaba la renovada promesa a mi misma, con falluta convicción: voy a entrar.  Y que murmuren lo que quieran. 

Después de todo soy una mujer moderna y sola.  El que tenga algo que decir que tire la primera piedra, pero por las dudas, a sabiendas de la perversidad de las chusmas del barrio, la vez que entré, antes de hacerlo miré a ambos lados y me puse anteojos negros en pleno invierno.  Sin chusmas a la vista, digo moros, traspuse el umbral.

Rezando porque ningún solícito vendedor se acercara a ofrecerme nada.  La curiosidad mata al hombre, dicen, pero embaraza a la mujer, siguen acotando y la verdad no está muy lejos de esa sentencia que se repite por algunos siglos.  Así que a medida que miraba me iba entusiasmando más. 

Tanta represión me empezaba a hacer creer que en dos minutos me estaba convirtiendo en una depravada sexual.  Obviamente apagué celulares, no quería que nadie interrumpiera mi visita y como mis amigas eran un poco más mayores que yo, no daba, como ahora que le agradezco a la mía, haberlo hecho, llamarlas desde ese lugar.   

¿Preguntas, consultas? Ni hablar. Tenía vigilado al vendedor del local.  Creo que si hubiera poseído un tercer ojo se lo hubiera dedicado a él.  Del pánico que me hubiera dado si siquiera se hubiera levantado y se hubiera dirigido a mí. 

Para colmo de males en pleno horario laboral no había ningún otro mortal que no fuera yo y mi persona.  Así que si se iba a dirigir a alguien, era a mí y tan solo en mí.   Y creo que para mí no iba a ser ningún honor que lo hiciera.  Claro que él estaba para vender y yo, se suponía que era una potencial clienta pero no, válgame que yo estaba tentada de curiosidad.  Igual que mi amiga que también se espantó al ver al vendedor dirigirse hacia ella. 

Yo huí apenas vi un sutil movimiento de él, que traducido podría ser que se levantaría de la silla.  No esperé a dilucidar si iba a dirigirse a mí, al baño o iba a hacerse café, lisa y llanamente huí.  Pero mi amiga se quedó, no lo más campante, pero como siempre, más chica más corajuda. 

Se bancó con hidalguía femenina de quien pasó por dos partos cesáreas, y mirándolo a los ojos, tuvo que hacer un gran esfuerzo para mirar delante de él la mercadería de exhibición. 

La pasó mejor, según me confesó, con la lencería erótica, un desfile de látigos y vestimenta “sado” pero cuando pasó a los detalles descriptivos de cierto objeto símil anatomía de un tipo, me confesó que el rubor se le instaló en la cara para no abandonarla por mucho tiempo. La cara se le puso de todos los colores, de tantos colores como de variedades de tamaños, texturas y demás que esa tarde conoció de El miembro. 

Lo mejor de toda la travesía fue que pudo tocar e inspeccionar todos los chiches sin obligación de compra. ¿Qué cual fue el elegido?... La muy turra no me lo contó. Pero hace días que la noto distinta, un aire de felicidad y armonía invade todo su ser. Me dijo que es por que empezó el curso de Aprender a respirar de Sri Sri, pero yo,..., no le creo.

Por Mónica Beatriz Gervasoni (La morocha urbana)
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