25 noviembre 2013

La Información o Deformación de la Violencia en los Medios de Comunicación

Gracias a la Licenciada María Passaggio, Responsable Operativa del Equipo de Capacitación en la Dirección General de la Mujer del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires,  por hacernos llegar este ensayo. En él se analiza el  abordaje de los medios de comunicación en la temática de violencia de género. Lo publicamos en conmemoración al Día Internacional Contra la Violencia Hacia las Mujeres.
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Parto  de un principio que, aunque para mí es básico, los propios medios de comunicación suelen negar, y es que la información nunca es objetiva. Desde el momento en que utilizamos el lenguaje, seleccionamos palabras, noticias, formas de expresarnos, secciones, estamos utilizando criterios subjetivos, con presupuestos, con ideología. Lo mejor que podemos hacer es poner esto encima de la mesa, e incluso poner nuestra propia posición también. En este sentido lo primero que hay que decir es que los medios de comunicación no son meros “transmisores de información”, no se dedican sólo a “contar la realidad, informar”. Esto lo sabemos muy bien las y los que vivimos en la ciudad de Buenos aires. Lo que más me interesa hoy es señalar el papel productor de los medios de comunicación. Estos medios no “informan”, o si lo hacen es en el sentido de “dar forma”, de formar. Los medios crean imágenes, ideas, opiniones, categorías, tienen una influencia enorme en la sociedad, configuran a la propia sociedad. Y lo hacen desde un punto de vista.

En este marco es donde cobra sentido un análisis sobre los medios de comunicación en relación a las mujeres. Lo primero que nos llama la atención cuando vemos televisión, escuchamos radio o leemos  medios escritos, las publicidades, o sea  la comunicación toda….) es siempre patriarcal. Esto es importante porque es lo más difícil de percibir, es un punto de vista tan arraigado, tan naturalizado,  tan generalizado e invisibilizado que sencillamente no se ve. Pongo un ejemplo: Wanda Taddei.

Por si no lo recuerdan, se trata de la mujer del baterista de Callejeros, En toda la prensa  el caso se presentó de la siguiente manera:   Murió Wanda Taddei, la esposa del baterista de Callejeros.La joven se quemó tras un hecho confuso después de haber discutido con su pareja. Tenía quemaduras graves en el 60% de su cuerpo. Wanda estaba "pasando por su peor momento”

Aparentemente es un titular neutro, o bastante respetable o nada ofensivo. Pero si se analiza desde una perspectiva no patriarcal, vemos que hay un alarmante error de perspectiva: la culpa está en cierto modo del lado de la  asesinada, hay algo en ella que tiene que ver con ser asesinada, es mujer, y eso es justamente la causa del asesinato. Lo voy a plantear más claramente: Estamos hablando de feminicidios: El feminicidio constituye la forma más extrema de violencia basada en el género y el dominio masculino, es  una forma de poder, dominación y control que los  varones ejercen hacia las mujeres.
  
Antes de ser asesinadas, estas mujeres ya registran  una historia de actos de violencia, que van desde el maltrato emocional, sexual, psicológico, los golpes, los insultos, la tortura, la violación,  el acoso sexual, el abuso infantil, etc., cuyas consecuencias derivan en la muerte de las mujeres. Es el feminicidio el punto extremo de la violencia que despliega el sistema patriarcal? Y de ser así, ¿cómo podemos contrarrestarlo?

 Cuando una mujer muere al practicársele un aborto clandestino. Cuando una mujer es asesinada en una zona de explotación de la prostitución también hablamos de feminicidios, Quiero comentar lo que  Jean-Michel Bouvier  padre de  Cassandre dijo sobre su hija que fue golpeada, violada y asesinada de un disparo en el medio de la frente. Al día siguiente,” se impuso en mí la idea de que el encadenamiento de actos cometidos primero contra su libertad de mujer y finalmente contra su vida merecía una calificación específica que tuviese las mismas consecuencias jurídicas que un crimen contra la humanidad. Al día siguiente, descubrí en la embajada de Francia en Buenos Aires el concepto de feminicidio, común al conjunto de América Latina . Había encontrado el estandarte del combate que habría enorgullecido a mi Cassandre

Según las últimas cifras, en lo que va del año 113 mujeres (según  la Casa del Encuentro, primer semestre del año) fueron asesinadas por sus parejas, ex parejas o familiares. Ocho de esas mujeres murieron quemadas. La última de ellas vivía en Merlo, tenía 30 años y dos hijos. Mientras su carne se ardía, gritó tan fuerte que los vecinos la escucharon a tres cuadras a la redonda. Pero nadie la socorrió. Su nombre era Analía Cáceres y fue la decimoquinta mujer quemada desde lo sucedido a Wanda Taddei . Su caso podría ser comparado con el de Matías Berardi, el adolescente que en septiembre del año pasado fue secuestrado, logró escapar de sus captores, pero fue recapturado y asesinado luego de que los vecinos de Benavidez se negaran a ayudarlo.

La diferencia está en los efectos: mientras el asesinato del Berardi –un adolescente de clase media alta de la zona norte– despertó un enorme repudio social, el de Analía –una mujer humilde Merlo– apenas mereció unas líneas en las crónicas policiales de la semana.
El otro caso, que ocupó más espacio en la prensa, es el de Roxana Beatriz Pacheco, muerta a manos de su ex pareja en San Martín. Los medios se regodearon con dos detalles. El primero, que el principal testigo del crimen fue el hijo de ambos, un niño de cuatro años que vio todo y que luego contó a la policía “papá mató a mamá”. El segundo, que el autor del crimen, Víctor Andrada -alias El Pala-, es un ex convicto que estuvo preso cinco años por robo calificado en cárceles de Olmos, Mercedes e Ituzaingo y que había salido en libertad tres meses atrás.
Pero pocos se detuvieron en las declaraciones de la madre. Entrevistada en medio de un dolor indescriptible, la mujer se mostró sorprendida. “Yo lo tenía en mi casa, no sabía que iba a ser el asesino de mi hija”, dijo frente a las cámaras. Cuando el cronista le preguntó si había antecedentes de violencia en la pareja, la mujer no lo dudó: dijo que no. Y enseguida agregó:“Sólo jugaban. Capaz ella estaba en la cocina lavando los platos, él venía de atrás y le decía ‘si me dejás, yo te mato’”.

El periodista –que no mostró ninguna sorpresa por la respuesta– siguió con las preguntas de rigor.
–¿Por qué se separaron?– dijo.
–Porque no se toleraba la situación.
–¿Qué situación?
–Él no quería que ella fuera a trabajar, que estuviera en contacto con amigos. Era una chica de tener muchas parejas amigas. Con sus amistades se conocía de chiquita y se seguían viendo desde entonces.
La imagen que proyectan los noticieros, por repetida por estereotipada indigna, antes que suceda  la muerte física hay otras muertes: la muerte emocional de todos los días, les matan sus sueños.
Otro caso emblemático que los medios utilizaron para ensalzar la mirada machista fue el de     Ricardo Barreda  que despertó simpatías, se lo puso en un lugar heroico como prototipo de lo que muchos hombres harían, y culturalmente se reivindicó lo que hizo. Cientos de artículos periodísticos relataron y opinaron sobre el hecho, pero también en círculos laborales, profesionales, en reuniones familiares, la escuela y la calle surgieron comentarios que con o sin ironía, justificaron lo que Barreda había hecho.

''Este odontólogo Barreda cumplió con la fantasía más frecuente del ''macho argentino'' que se respeta. Se liberó de su mujer y su suegra de un solo toque (aunque este toque fuera un poco ruidoso) y se le fue un poco la mano cuando arremetió también contra sus dos hijas'', podía leerse el 27 de Mayo en el espacio virtual Plaza Pública del diario Clarín. También en la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de La Plata una docente colocó carteles donde decía ''Mejor que Barreda esté suelto y no esos pibitos chorros'' según  relató indignada una alumna de esa Facultad.

La violencia simbólica está presente en el lenguaje. Las frases, los chistes, los grafittis y hasta las canciones que destacaron la actitud criminal de Barreda ponen al descubierto modelos de masculinidad que son aprendidos culturalmente; circunstancias, valores, elementos que de alguna manera están permitiendo que la violencia siga existiendo.
Todas, en su gran mayoría  fueron asesinadas por sus maridos, novios o concubinos y en el relato de sus muertes aparece como motivación la acusación de que eran infieles, corriendo el foco de atención desde la conducta delictiva del homicida hacia la vida privada de las mujeres.
A los relatos mediáticos de estos hechos de violencia contra las mujeres se suma, en una conjunción que refuerza la idea de que se habían apartado de la norma, de lo moralmente establecido, el discurso jurídico.


En ambos discursos prevalece el mismo patrón que determina, al menos simbólicamente, que las mujeres resultan propiedad de esposos, novios, concubinos o parejas y que para sostenerlo es necesario ejercer un control, no nos olvidemos que hasta  hace poco a nuestro nombre y apellido se unía la preposición “de”, indicando pertenencia al marido.

Como dice la Biblia , las buenas esposas eran esclavas del señor, debían hablar lo menos posible y sentir vergüenza hasta de su marido; como madres patriarcales tenían la misión de introyectar el pudor y el recato en las hijas, convirtiéndose en la garantía de la paralización de todo atisbo de producción del deseo sexual de las futuras generaciones de mujeres. Se cortó de raíz el valor del cuerpo femenino y el desarrollo natural de la sexualidad de la mujer.
Por ello la mujer empieza a taparse con velos y a andar tiesa como un palo. La higiene se convierte en una asepsia que elimina el olor de nuestros flujos, que es un factor específico de atracción sexual (por ejemplo la mujer lactante atrae al bebé). Y los hábitos cotidianos de las posturas se rectifican; dejamos de sentarnos en cuclillas y se generaliza el uso de la silla; se va educando el movimiento del cuerpo con el objetivo de paralizar todo lo que se pueda los músculos pélvicos y los uterinos, para que nuestro vientre no se estremezca ni palpite y no aparezca la pulsión sexual.

Creo que es obvio que la sexualidad de la mujer (a diferencia de la del hombre) no es uniforme, no es siempre la misma; a lo largo de su vida, la mujer pasa por diferentes ciclos y estados sexuales, unos de mayor producción libidinal que otros, y sobre todo, de diferente orientación. El equilibrio emocional, tanto psíquico como orgánico, libidinal y hormonal, que sostiene nuestros cuerpos es un proceso ondulante, cíclico. Por eso la luna, que aparece en el cielo cambiando de forma cíclica, ha sido siempre un símbolo de la femeneidad.

Otro caso que tiene que ver con violencia mediática, relativamente reciente, es que una jueza que estaba en condiciones de dictar sentencia en una causa contra el diario Clarín por violencia mediática en el caso de la nota 'La fábrica de hijos: conciben en serie y obtienen una mejor pensión del Estado' publicada por el diario el 5 de abril del 2009. Menos de un mes antes había sido sancionada la Ley 26485 de Protección Integral para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra las Mujeres en los ámbitos en que desarrollen sus relaciones Interpersonales, conocida como ley de Violencia de Género, que tipifica la violencia mediática.

El artículo cuestionado había sido realizado por el periodista Pablo Calvo, enviado especial a Entre Ríos, y señalaba que se había cuadruplicado desde el año 2003 la cantidad de mujeres con familia numerosa (siete o más) y que si bien era habitual en esa zona del país que la prole fuera extensa, las mujeres estarían además siendo madres para obtener un subsidio del Estado. Si bien el artículo no es más discriminatorio ni humillante hacia las mujeres que muchos otros que diariamente se leen en la prensa gráfica, fue tomado como caso testigo por tres legisladoras nacionales -Diana Conti, Juliana Di Tullio y María Teresa García- para batallar contra la violencia

En la ciudad autónoma de Buenos Aires  existe la  Ley 3360,  donde  expresa sobre la terminología, que se debe utilizar en los medios de comunicación, violencia de género, violencia contra las mujeres y la eliminación de las figuras  como “crimen pasional” o “crimen por celos” cuando se hace referencia a agresiones cometidas contra mujeres víctimas de violencia, evitando esgrimir justificaciones para las conductas violentas de la que son víctimas las mujeres, evitando también la utilización de diminutivos y apócopes o apodos.

Volviendo al hilo inicial, creo que es importante desvelar que los medios de comunicación tienen un punto de vista patriarcal, y que eso tiene efectos en la imagen que se hace la sociedad de las mujeres. Hay otra cosa que quizá parece obvia pero que conviene decir: partimos de un marco social donde existe el  machismo, donde la integridad de las mujeres  se ve amenazada a menudo, donde algunas mujeres viven con miedo. A partir de esto, podemos ver la responsabilidad que tienen los medios de comunicación en la consolidación de esta mirada   Porque van a ser esas representaciones las que van a influir en nuestras vidas. Insisto en la palabra “representación” por algo: la mayoría de la sociedad  ve natural como los medios se pronuncian  Esta circunstancia mueve a la reflexión como los medios construyen a las mujeres (en algunos casos cosificándonos)- y por lo tanto a los hombres - . Pero además motiva a pensar las relaciones sociales en forma crítica tratando de apreciar cuál es andamiaje sobre el que se sustenta una organización social donde prevalece el macho y la violencia. En el fondo estoy hablando de relaciones de poder el poder de hablar sobre nosotras, y el poder de darnos o quitarnos la palabra.


La cuestión no es que “nos dejen hablar”, no tiene sentido simplemente pedir la palabra, la cuestión es que en esos medios no podemos nombrarnos a nosotras mismas, sino que ese poder mediático distribuye cómo y cuándo hay que aparecer.
En su mayoría- es ocupado por una REPRESENTACIÓN, por noticias, fotos, textos que hablan sobre nosotras, pero sin que nosotras tomemos la palabra.

Esto nos lleva a otro de los tópicos o malentendidos de los medios de comunicación: si una mujer se muestra vestida en forma llamativa, y comenta que sale con varios hombres   se la juzga como “exhibicionista” en el mejor de los casos o puta en el peor de los casos, ya que  se apela a la discreción y a la intimidad. Si un varón heterosexual habla de sus mujeres en ese mismo medio, se considera lo más natural del mundo. No digamos ya si lo hace en la llamada prensa amarillista, donde el alarde de heterosexualidad, virilidad, masculinidad es espectacular.

No quiero cerrar mi exposición sin dejar de mencionar la maternidad del Hospital de Agudos Teodoro Álvarez  y el Hospital Fernández que cuentan con las salas TPR (Trabajo de parto, Parto, Recuperación inmediata, que constituyen un espacio familiar acondicionado para favorecer lo que se denomina un parto “humanizado” tal como lo establece la legislación actual y en la misma tendencia de las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS).
Y tampoco quiero olvidarme de mencionar la ley del aborto no punible, más allá de cada opinión y pensamiento, en defensa de la vida no puede haber más mujeres muertas  víctimas de abortos, la maternidad debe ser  deseada, planificada  para engendrar hijas e hijos sostenidos por el afecto. 
También recomendarles que vean un documental que dura aproximadamente 45 minutos "Tierra de mujeres" aborda la cultura sexual única del pueblo Mosuo, una pequeña minoría china donde las mujeres   manejan una sociedad. 

Para terminar este rápido análisis de los medios de comunicación, quiero insistir en la responsabilidad de las y los  profesionales de los medios, ya que son creadores de opinión y que deben evitar ese tipo de manipulaciones donde se promueve directa o indirectamente la violencia. Y por supuesto a nosotras las mujeres, ya que debemos abrir los ojos y cuestionar en cada espacio, donde el discurso sea netamente machista, para empezar a instalar un espacio de corresponsabilidad.

Lic. María Passaggio
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