09 junio 2013

Ellos también se enamoran

Versión cinematográfica de Orgullo y Prejuicio, clásico de Jane Austen abordado en la jornada de ayer
Sobre nada más y nada menos que amor hablamos ayer quienes tuvimos la dicha de presenciar el festival Romántica Buenos Aires. Con periodistas de la talla de Canela y Flavia Pittella como fieles guías, tuvimos la fortuna de entrar en ese mundo al que muy pocos acceden: la literatura, donde acaso calmamos nuestra sed de historias donde la pasión es protagonista.

Existe en el inconsciente colectivo esa certeza de que ellos nos conquistan por un solo motivo: llevarnos a la cama. Nosotras, en cambio nos enamoramos. Ellos quieren sexo...nosotras queremos amor. 

Pero, lo cierto es que los hombres también se enamoran. ¡Y cómo! Pensemos en los grandes poetas, todos ellos hombres: William Shakespeare, Pablo Neruda, Oliverio Girondo...Con destreza y ternura expresaron los sentimientos más puros y viscerales hacia esas musas que los volvían locos de amor. Chicas, no todo está perdido. Creamos en el amor.

 Carta de Juan Rulfo a Clara Aparicio. 
Desde que te conozco, hay un eco en cada rama que repite tu nombre; en las ramas altas, lejanas; en las ramas que están junto a nosotros, se oye.
Se oye como si despertáramos de un sueño en el alba. Se respira en las hojas, se mueve como se mueven las gotas del agua. 
Clara: corazón, rosa, amor...
Junto a tu nombre el dolor es una cosa extraña. Es una cosa que nos mira y se va, como se va la sangre de una herida; como se va la muerte de la vida.
Y la vida se llena con tu nombre: Clara, claridad esclarecida. Yo pondría mi corazón entre tus manos sin que él se rebelara. No tendría ni así de miedo, porque sabría quién lo tomaba. Y un corazón que sabe y que presiente cuál es la mano amiga, manejada por otro corazón, no teme nada.
¿Y qué mejor amparo tendría él, que esas tus manos, Clara? He aprendido a decir tu nombre mientras duermo. Lo he aprendido a decir entre la noche iluminada. Lo han aprendido ya el árbol y la tarde...y el viento lo ha llevado hasta los montes y lo ha puesto en las espigas de los trigales. Y lo murmura el río...
Clara: Hoy he sembrado un hueso de durazno en tu nombre.

Gracias Flavia Pittella por acercarme esta carta y con ella, una sana esperanza.
¡Gracias, Cleopotraza!
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