16 octubre 2010

Si sos la Reina de Egipto, tenés que parecerlo

Así justifica Stacy Schiff, periodista norteamericana, la ostentación del personaje de su última biografía. Personaje real, en ambos sentidos de la palabra Real. Porque estamos hablando ni más ni menos que de la Reina del Nilo, la mujer más poderosa que gobernó Egipto.
A los tan sólo 18 años, Cleopatra recibió el trono de Egipto por parte de su padre. Años más tarde, su enemistad con Pompeyo, gobernador de Roma, la insita a unirse al enemigo de éste último, Julio César. Su fama de impulsiva, espontánea y apasionada no es en vano. El encuentro con quien sería su primera "presa", fue planeado de una forma estratégica. Cleopatra decidió hacerle un regalo especial, una alfombra. Hubiese sido interesante tener una cámara de fotos en esa época, para retratar la expresión del entonces gobernador egipcio, al ver que dentro de esa alfombra estaba la misma Reina exiliada. Se dice que quedó deslumbrado por su belleza. Además vio como una oportunidad única nombrar a Cleopatra Reina nuevamente, para ganarse el apoyo de Egipto, mientras que ella buscaba evitar una posible invasión romana. La unión entre ambos era por lo tanto inminente. Ambos pasaron la noche juntos. Y luego se emabrcaron en una travesía por el Nilo, donde ella era la super star, ya que era adorada como la faraona. Dos meses se dice que duro esa especie de luna de miel, trás la cual Cleopatra queda embarazada de su primogénito, César, o Cesarión. El padre, mientras tanto, vuelve a Roma. Más tarde, trae a su esposa e hijo a uno de sus palacios. Esto hizo enfadar a sus opositores republicanos. Enojo que se potenció a partir de las costumbres de Cleopatra, quien se hizo llamar la "nueva Isis" y vivía en un lujo exuberante. Julio César declaró abiertamente a Cesarión como su hijo, haciendo oídos sordos a quienes lo criticaban por desobedecer las leyes en contra de la bigamia -el ya estaba casado con Calpurnia-, y del casamiento con extranjeros.
Julio César fue asesinado, trás lo cual Cleopatra temió por su vida y la de su pequeño hijo, y tomó la decisión de volver a Alejandría. Allí envenena su hermano y nombra a Cesarión como corregente. Y como todo buen culebrón, esta historia no sería interesante sin la existencia de un amor pasional. Éste vendría de la mano de Marco Antonio, quien junto a Octavio y Lepidus, forma un triunvirato que gobierna Roma.
Por necesidad de que le preste dinero, a Marco Antonio le urge encontrarse con Cleopatra. Ella, sin embargo, desconfía de él, y sólo acepta concretar el encuentro bajo la tierra donde ella es patrona. Pese a que Egipto estaba en decadencia económica, Cleopatra navegó hacia ese encuentro utilizando remos de plata. Nuestra heronía estaba al tanto de la debilidad de Marco Antonio por las mujeres, la bebida, la buena vida. Y sabía también de su ambición y vulgaridad. Teniendo el perfil de su próxima presa bien trazado, Cleopatra se lanzó a reunirse con ésta vistiendo como Afrodita, la Reina del Amor. Su táctica fue eficiente, ya que el encuentro duro 4 días, trás la cual se convirtieron en amantes. Ella accedió a otorgarle el dinero a cambio de que él matara a su hermana. Los amantes pasaron juntos un año y luego se casaron. Pese a que la bigamia era penada en Roma. Pese a que la imagen de Octavio, el hijo de Marco Antonio, se vería altamente afectada.
El encantamiento que Cleopatra producía era tal, que todos sus amantes se veían forzados a divorciarse de sus parejas. Así lo hizo también Marco Antonio, ganandose la enemistad de su propio hijo, quien declaró que su padre había roto los lazos con Roma. Se rumoreaba también que Marco Antonio sólo obedecía lo que decía Cleopatra, hasta el punto de detallar en su testamento que querría ser enterrado en Alejandría, la tierra de su amada. Esto último fue la gota que rebalsó el vaso, o la copa, o lo que sea que se utilizaba en esos entonces. Los romanos, comandados por Octavio, le declararon la guerra a Cleopatra y Marco Antonio. Y luego , lo que queda es la historia del final. Que cuenta que Marco Antonio se suicidó al entrerarse, falsamente, que su amada había sido asesinada. Y quizás esta historia serviría de inspiración para Shakespeare, ya que se dice que Cleopatra llega a ver a su amado, quien se había clavado una espada, pero que ya era demasiado tarde... Mientras tanto, Cleopatra trata de escapar, y al ver que es imposible, prefiere suicidarse antes de aparecer abatida ante los pueblos que ella antes había gobernado. Como último pedido, le ruega a Octavio mediante una carta, ser enterrada junto a su amado.
Sin duda, Cleopatra sabía obtener lo que quería. Stacy Schiff sostiene que los romanos tuvieron la necesidad de crear un estereotipo de femme- fatal que hechiza a Marco Antonio. Pero que detrás de eso hay un personaje inteligente, astuto. Es que para esta periodista, el inconsciente colectivo le suele adjudicar el éxito de la mujer a su apariencia, y no a su capacidad intelectual ni inteligencia, y afirma "estamos convencidos que el hombre hace estrategias, mientras que las mujeres sólo planean. Los hombres son autoritarios, las mujeres, estridentes". Entonces, la humanidad se perdió a la verdadera Cleopatra, quien como afirmó Plutarco "Se pretende que su belleza, considerada en sí misma, no era tan incomparable como para causar asombro y admiración, pero su trato era tal, que resultaba imposible resistirse. Los encantos de su figura, secundados por las gentilezas de su conversación y por todas las gracias que se desprenden de una feliz personalidad, dejaban en la mente un agujón que penetraba hasta lo más vivo. Poseía una voluptuosidad infinita al hablar, y tanta dulzura y armonía en el sonido de su voz que su lengua era un instrumento de varias cuerdas que manejaba fácilmente y del que extraía como bien le convenía, los más delicados matices del lenguaje".

*fuente:

www.nytimes.com
www.egiptomania.com




Sobre la elección de Carolina Peleretti: Si bien ella no
la ha personificado en ninguna película, como sí hizo Elizabeth Taylor y
probablemente hará Angelina Jolie próximamente, sus rasgos condicen con los
de Cleopatra, de quien sólo quedan representaciones que se realizaron sobre monedas, donde se la ve con un rostro angular, cuyo rasgo sobresaliente es la nariz.
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